El jugador macaco, Denis, nos relata sus vivencias en un hospital el triste día en que se lesionó. Desde la dirección de Torneodeperiodismo desearle una pronta y satisfactoria recuperación, para poder verlo de nuevo sobre un campo de fútbol brincando y saltando junto a sus compañeros

El día ya comienza algo torcido, hace frío, su equipo está jugando bien arriba y fatal abajo. El momento clave es cuando el joven emprende una internada por la banda y con mala suerte pisa mal y se retuerce el tobillo. Ahí comienza la odisea.
Tras los primeros instantes de dolor, llega al hospital con intención de no estar mucho tiempo en ese ambiente de caras apagadas, lamentos, vendas y batas, imaginando una exactitud y coordinación propia de series como Urgencias. Ese chico ya empieza a dudar al ver dos letreros situados a menos de dos menos entre sí: en uno hay escrito “triaje” mientras que en el otro se lee la palabra “triage”. Probablemente si ese joven hubiera sabido la definición de triaje (como sería correcto en español, pues la otra viene del francés, y habiendo palabra en castellano…) su pequeña aventura hubiera durado menos. Por cierto, ¿se imaginan el hospital de George Clooney con dos carteles, uno “Emergency Room” y otro “Emerjency Room”?
Un largo rato después, el chico entra en la sala de triaje para que un médico sólo le diga que vaya a hacerse una radiografía. Para qué va a gastar dos minutos en mirarle el pie por si es un golpe sin más. No. Hay que volver a esperar media hora hasta que se hace las radiografías, que ¡oh, sorpresa! No tardan ni 5 minutos en llegar a sus manos.
De nuevo la esperaVuelta a la sala de espera y a esperar de nuevo, pero esta vez no sólo media horilla de nada, sino al menos 45 minutos viendo pasar gente y más gente, todos ellos atendidos con más o menos presteza. En este momento conviene definir triaje: función de clasificar a los enfermos antes de que reciban la atención asistencial que precisan. Con el mayor de los respetos, es vox populi cuán precavidas son las personas mayores, y su dolor de cabeza de turno seguramente sería menor que el dolor de tobillo del muchacho, que después pensaba que debería haber exagerado sus males si con ello aseguraba un mejor trato.
El refranero español es sabio y la famosa frase “quien no llora no mama” se pone de manifiesto cuando la acompañante del chico va a quejarse a un prepotente médico que accede a atender a éste no sin antes decir “si no le atiendo será porque tengo cosas que hacer”. Cuando examina el maltrecho pie, éste lógicamente, con tanto tiempo de espera, ya está más que soldado y listo para la acción. Termina de mirar el tobillo y ¡horror! dice la palabra con la que el joven tendrá pesadillas: “espera a la enfermera para que te vende”. Hagan sus apuestas para adivinar el tiempo que estuvo tumbado en la camilla. Durante un cuarto de hora el muchacho y su acompañante escuchan las “estresadas” charlas de un grupo de doctores y enfermeras, pensando que se han olvidado de ellos. Casualmente una de esas enfermeras parece recordar que es pagada por hacer su trabajo y atiende al chico, que ya ve el final del túnel.
Finalmente, y tras más de dos horas en el hospital, el joven lo abandona con la idea de ser el último mono (nunca mejor dicho), pero con un amplio manejo de caballitos y demás piruetas con la silla de ruedas.